San Rosendo, gloria de Galicia y honor de la Iglesia
Ilustre y glorioso San Rosendo, lumbrera de la Galicia del siglo X, hijo de noble linaje y más aún de noble espíritu, floreciste en tiempos recios como pastor prudente, fundador incansable y defensor firme de la fe. Nacido entre los grandes de la tierra, supiste elevarte por encima de toda grandeza humana para abrazar la sabiduría del Evangelio y el servicio de la Iglesia.
Abad y padre de monjes, plantaste en Celanova un jardín de vida benedictina cuya fragancia espiritual se extendió por toda la región. Restaurador de diócesis, guía de obispos y consejero de reyes, fuiste columna de equilibrio entre la autoridad y la caridad, entre el gobierno temporal y la obediencia a Dios. Cuando los vientos de invasiones y luchas nobiliarias azotaban la tierra gallega, tu palabra fue prudente consejo y tu presencia, baluarte de estabilidad.
No buscaste honores, aunque los merecías; no ambicionaste poder, aunque lo ejerciste con rectitud; y cuando la historia se tornó incierta y violenta, supiste retirarte al silencio fecundo del monasterio, donde entregaste tu alma a Dios el primero de marzo del año 977, como lámpara que se consume serenamente ante el altar.
Hoy la Iglesia te venera como abad santo y obispo ejemplar, como hombre de gobierno y de oración, de firmeza y de mansedumbre. Desde la gloria donde contemplas al Señor, mira a esta tierra que ayudaste a consolidar en la fe. Fortalece a nuestros pastores, inspira a quienes gobiernan, protege a nuestras familias y haz que, como tú, sepamos unir contemplación y acción, fidelidad y valentía.
Oh San Rosendo, orgullo santo de nuestra historia, intercede por nosotros para que permanezcamos firmes en la fe, constantes en la esperanza y ardientes en la caridad, hasta alcanzar la herencia eterna que tú ya gozas.
Amén.

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